Nuestra dependencia aguda de los combustibles derivados del petróleo siempre ha conllevado un alto costo para nuestro ambiente y nuestra economía. En primer término, sus precios están sujetos a fluctuaciones de duración prolongada y de amplitud exagerada, aun considerando que se trata de productos a granel. Peor todavía, los períodos de alza no suelen reflejar aumentos de las demandas sino manejos intencionales de precios y/o del volumen de exportaciones, de parte de algunos de los países productores. Desgraciadamente, estos períodos de precios altos no siempre se compensan por otros de precios bajos o “normales”. Además, la incertidumbre sobre los precios futuros de los combustibles ocasiona costos ocultos a las empresas, al dificultar la confección de pronósticos y la administración de presupuestos.

En segundo término, los precios de mercado que pagamos por dichos combustibles no reflejan otros costos también ocultos, ocasionados a nuestra economía en general por el uso de los mismos. No todos estos costos se pagan al momento de comprar una cantidad de combustible pero, tarde o temprano, se los cobran. El resultado neto de todos los factores mencionados anteriormente es que el verdadero costo de los combustibles derivados de petróleo que consumimos en Puerto Rico fluctúa entre dos y tres veces su valor en el mercado en cualquier época, aun cuando la `importancia relativa de un factor particular habrá de variar sustancialmente a través del tiempo.

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